La nacionalidad es una línea; la identidad, una profundidad.

Zion Suzuki

Zion Suzuki. Un jugador que, teniendo raíces fuera de Japón, eligió por voluntad propia cargar con «Japón» sobre los hombros. Hijo de padre ghanés, ha recibido más de algún comentario cruel; y aun así, en el escenario más grande del planeta —el Mundial— defiende el arco de Japón y le muestra al mundo una nueva cara de ese país. Mirándolo —como chileno-japonés, como japonés y como chileno, todo a la vez—, sentí que, sin darme cuenta, el corazón se me encendía.

Zion Suzuki nació en Estados Unidos y creció con un padre ghanés y una madre japonesa. Pero él mismo cuenta que casi no tiene recuerdos de Estados Unidos y que su lengua materna es, por completo, el japonés. Nació en suelo estadounidense, lleva en el cuerpo lo que heredó de su padre ghanés y, sin embargo, su hogar del corazón es, sin lugar a dudas, Japón. Más exactamente, Urawa. Después de los partidos, en un camarín desordenado por la euforia y la decepción, se agacha con toda naturalidad a recoger la basura. No como representante del país donde nació, ni del país de su sangre, sino del país donde creció y donde puso su corazón: así sale a la cancha.

Hace tiempo, un amigo —al que llamaré S— me preguntó:

«Akira, tú eres mitad chileno y mitad japonés. Si Japón y Chile se fueran a la guerra, ¿de qué lado pelearías? Según lo que elijas, ese va a ser tu país.»

Es una pregunta con una logica fácil de entender. Pero la nacionalidad no es algo tan simple.

Para empezar, «país» y «nacionalidad» no son más que ideas inventadas por el ser humano. Y, encima, su definición cambia por completo de un lugar a otro. En Japón, sin importar dónde nazcas, si tu padre o tu madre es japonés, tú eres japonés (derecho de sangre, ius sanguinis). En cambio, en muchos países del continente americano, el solo hecho de nacer en ese suelo te entrega la nacionalidad (derecho de suelo, ius soli).

Si aplico todo esto a mi propio caso —nacido en Costa Rica, de padre japonés y madre chilena—, la cosa se enreda al tiro. Como mi padre es japonés, soy japonés. Por la regla del suelo donde nací, soy costarricense (aunque solo estuve dos meses en Costa Rica). Y como mi madre es chilena, también soy chileno. Una sola persona puede, desde el instante en que nace, cargar con varios «países» a la vez. Y, para colmo, ese mismo Japón no reconoce la doble nacionalidad: quien nace con dos o más nacionalidades debe, en principio, elegir una sola antes de cumplir los veinte años. Así lo dispone el Estado.

Es decir, no era solo mi amigo S. El propio Estado se me acerca y me exige: «¿Y tú qué eres?». Pero aunque me pregunten de qué lado pelearía en una guerra, aunque me ordenen elegir una sola antes de los veinte, no tengo respuesta posible. Porque las dos, sin la menor duda, son mi verdadero yo.

Quizás, cuando las fronteras estaban recién trazadas, cuando el movimiento de las personas se controlaba y nadie podía cruzar de un país a otro con la facilidad de hoy, esta definición tan simple alcanzaba. ¿Pero hoy? Los matrimonios entre personas de distintos países ya no son raros, y la historia de la emigración japonesa supera, en Sudamérica, los cien años. Desde aquel día en que nuestros ancestros nikkei bajaron del barco y pisaron este continente, generaciones y generaciones de «Japón» se han ido heredando, en silencio, fuera de Japón.

Y esos cien años de historia no son cosa de los libros de texto. Yo mismo estoy viviendo su continuación. En Chile, soy «el japonés». La cara, el apellido: crecí rodeado de miradas que, suavemente, me ponían siempre del «lado japonés». Pero cuando voy a ese mismo Japón —teniendo, se supone, la misma cara— ahí me transformo en «extranjero» (gaijin), o en half, en mitad (¿la mitad de qué?). Es la misma torcedura que han vivido tantos nikkei que viajaron a Japón como dekasegi a trabajar. En Sudamérica, japonés; en Japón, extranjero. A ninguna de las dos orillas me dejan poner los dos pies: apenas medio pie en cada una. Por eso mismo, a mí me parece que, más que la línea de la nacionalidad, es la «identidad» —algo que está mucho más adentro— lo que de verdad habla de una persona.

Un «japonés» nacido y criado fuera de Japón, y un «extranjero» nacido y criado dentro de Japón: ¿cuál de los dos es más «japonés»? A Zion Suzuki, que solo habla japonés y que recoge la basura del camarín, ¿podríamos decirle «no pareces japonés» solo por su aspecto? Y al revés: a alguien que tiene pasaporte japonés, pero cuya manera de pensar y de actuar está lejísimos de Japón, ¿lo llamaríamos «japonés» sin dudar?

Hace muy poco, alguien me dijo:

«Es que Akira no es japonés.»

Aunque uno tenga la nacionalidad, basta con que el aspecto, las costumbres o la forma de pensar sean distintos para que, sin más, lo descarten a uno como «no japonés». Y la verdad es que esa experiencia la he tenido muchas veces.

Y sin embargo… viendo el fútbol, viendo cómo Japón entero se enciende con la actuación de Suzuki, siento que esa línea —la del «qué es ser japonés»— empieza, de a poco, a moverse.

Lo que él demuestra en la cancha no es solo atajar goles. Es que no existe una sola forma de ser «japonés». No es la sangre, no es el lugar de nacimiento: es dónde decide cada uno poner su corazón para vivir. No es la nacionalidad la que define la identidad; es la identidad la que está mucho más hondo que cualquier nacionalidad.

El Mundial vino a recordármelo una vez más.

Suzuki-san, gracias. Y, de corazón: otsukaresama deshita.

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Chileno-Japonés trabajando siempre en acercar más Japón a Latinoamérica y viceversa. 南米と日本を繋ぐ仕事をしています。

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