Una versión actualizada de un artículo viral que escribí en 2014, ahora que vuelve a haber un Mundial y que yo mismo cambié bastante en el camino.

Hace doce años escribí un artículo sobre por qué los japoneses recogen su basura después de los partidos de fútbol. Era 2014, se jugaba el Mundial de Brasil, y las imágenes de los hinchas japoneses limpiando las gradas daban la vuelta al mundo. En ese entonces me molestaba que todos remataran la noticia con un escueto “es por su cultura” o “es por su educación”, como si fuera algo imposible de copiar. Quise explicar el por qué más a fondo.

Ese artículo terminó siendo uno de los más leídos que he escrito. Incluso salió en la prensa. También el que más discusiones generó: tuve casi setenta comentarios, algunos preciosos, otros furiosos. Hubo quien me acusó de hablar mal de Latinoamérica, hubo un japonés que me pidió que esto no nos volviera “tengu” (engreídos), y hubo profesores que me contaron que en sus colegios también limpiaban las salas.
Doce años después, estamos otra vez en plena Copa del Mundo —esta vez en Estados Unidos, México y Canadá— y otra vez los hinchas japoneses y el equipo japonés están saliendo en las noticias por lo mismo. Me pareció el momento perfecto para volver sobre el tema. Pero ya no soy el mismo que escribió aquello: hoy tengo tres hijos en el colegio en Chile, trabajo en una empresa japonesa, y he visto de cerca tanto lo bueno como los límites de esta costumbre. Así que esta no es solo una actualización: es lo que entendí en el camino.
Primero, lo que pasó desde 2014
La costumbre no solo siguió: creció. Y dejó de ser solo cosa de los hinchas.
En el Mundial de Rusia 2018 ocurrió algo que para mí lo dice todo: la selección japonesa limpió su vestuario incluso después de perder, y dejó una nota de agradecimiento escrita en ruso. Limpiar cuando ganas se puede explicar por la euforia. Limpiar cuando acabas de quedar eliminado, no. Eso ya es otra cosa.

En Qatar 2022, tras la histórica victoria de Japón sobre Alemania, los hinchas volvieron a limpiar las gradas con sus bolsas azules —las mismas que mencioné en 2014—, pero el momento que se hizo viral fue el camarín de los jugadores. La FIFA publicó la foto: el piso barrido, las toallas dobladas en pilas ordenadas, las botellas alineadas y, sobre la mesa, once grullas de origami junto a una nota que simplemente decía “gracias”, escrita en japonés y en árabe. La propia FIFA describió el vestuario con una sola palabra: spotless. Impecable.


Hay un detalle que no conté en 2014 y que ahora me parece que es el corazón del asunto. Detrás de esta costumbre hay un proverbio japonés más antiguo y más bonito que el lema “来たときよりも美しく” (dejar todo más limpio de cuando llegamos) que usé entonces:
立つ鳥跡を濁さず — Tatsu tori ato wo nigosazu
“El pájaro que alza el vuelo no enturbia el agua que deja atrás.”
La idea es que uno debería irse de cualquier lugar sin dejar rastro de su paso. No por las cámaras, no por quedar bien: simplemente porque así se hace.
Las tres razones, revisadas
En el artículo original di tres razones. Las mantengo, porque siguen siendo verdad, pero con matices que en 2014 no supe ver.
Razón 1: la limpieza es parte de la educación escolar
En Japón, desde primero básico hasta la secundaria —y en algunas universidades—, los propios alumnos mantienen limpia su escuela: las salas, los baños, el patio. No hay personal de aseo que lo haga por ellos. Hay un horario rotativo, llamado souji toban, y los niños se turnan. Lo que se enseña con esto son tres ideas:
La limpieza de tu entorno es responsabilidad tuya.
La limpieza de tu entorno refleja tu interior.
Limpiar no es un castigo: es un deber de todos.

Lo que tengo que corregir de mi versión de 2014: dije, con cierta soberbia, que esto era casi impensable en Latinoamérica. Me equivoqué, y los lectores me lo hicieron ver. Varios me escribieron desde Colombia, Paraguay, Perú y Chile contándome que en sus colegios también limpiaban las salas, que tenían turnos, que dejaban el piso brillante los viernes. No es una costumbre exclusivamente japonesa. La diferencia no está en que la idea no exista en nuestra región, sino en qué tan extendida y sostenida está. Y eso es algo que se puede cultivar, no un rasgo genético de un pueblo.
Razón 2: en casa, la limpieza la hace cada uno
En Japón, salvo familias muy adineradas, no se contrata servicio doméstico. Los espacios son pequeños y el servicio es carísimo, así que la familia entera se encarga de su casa. Existe la limpieza diaria, pero también el ōsōji, la “gran limpieza” de fin de año: entre todos se limpia hasta el último rincón para recibir el año nuevo con la casa —y el alma— limpias.
Hay un gesto pequeño que en 2014 mencioné solo en los comentarios y que hoy pondría en el centro: sacarse los zapatos al entrar a la casa. Cuando volví a Chile mantuvimos esa costumbre con mi familia, y mis hijos crecieron con ella como algo natural. No hay nada más eficaz para mantener una casa limpia que, sencillamente, no meterle la calle adentro.

Razón 3: el concepto mismo de limpieza es distinto
Esta sigue siendo, para mí, la razón de fondo. En muchos lugares la limpieza se vive como una tarea indeseable, casi un castigo, o como un trabajo de “los que hacen el aseo”. He escuchado mil veces frases como “no recojas eso, le quitas el trabajo al que limpia”.
La cultura japonesa, que pone mucho peso en la responsabilidad individual, enfoca el aseo de otra manera: le da más importancia al hecho de limpiar un lugar que al de buscar al culpable de la suciedad. La pregunta no es “¿quién ensució?” sino “¿cómo lo dejamos limpio?”.
Las 5S: ahora las vivo todos los días
En 2014 expliqué las 5S casi de memoria, como una cita de los manuales de Toyota. Hoy las veo distinto, porque trabajo en una empresa minera japonesa en Chile, con personal chileno y japonés, y las 5S no son teoría: son la forma en que se ordena un lugar de trabajo todos los días.
整理 Seiri (Clasificación): separar lo necesario de lo innecesario. Es la más difícil, porque obliga a decidir.
整頓 Seiton (Orden): un lugar para cada cosa, y cada cosa en su lugar.
掃除 Seisō (Limpieza): mantener limpio el espacio, no como evento sino como rutina.
清潔 Seiketsu (Estandarización): que la limpieza y el orden se vuelvan un estándar, no un esfuerzo heroico.
躾 Shitsuke (Disciplina): sostenerlo en el tiempo. Esta es la que cuesta de verdad.
Lo interesante de verlas funcionar en un entorno chileno-japonés es comprobar que no son una cuestión de “raza” ni de cultura misteriosa: son un sistema. Y un sistema se puede enseñar y aprender. Personas chilenas, paraguayas, peruanas y japonesas trabajando bajo el mismo estándar terminan ordenando igual de bien. Eso, para mí, derriba el mito de que “los japoneses son así y nosotros no podemos”.
Lo que no conté en 2014: las objeciones
Doce años de comentarios me enseñaron a no idealizar. Hay tres reparos que vale la pena tomar en serio.
“¿No les están quitando el trabajo a los limpiadores del estadio?” Es una crítica real, que volvió a aparecer este año. La respuesta que más me gustó vino de un hincha japonés que se volvió una especie de vocero del tema: contó que en Qatar unos quinientos voluntarios del estadio se acercaron a agradecerles. No se trata de reemplazar a nadie, sino de no tratar el espacio común como problema ajeno.
“Hacer que niños de ocho años limpien baños es antihigienico.” Una profesora me lo planteó y tenía razón en parte: en las fotos a veces se ve a los niños sin guantes. Es una crítica válida sobre la forma, no sobre el fondo. Se puede enseñar la responsabilidad con las medidas de higiene adecuadas.

“No idealices Japón.” Esto me lo dijo un lector japonés, y se lo agradezco. Japón no es un país perfectamente limpio ni perfectamente virtuoso. Tiene sus propios problemas —ambientales, sociales— y esta costumbre de limpiar convive con muchas contradicciones. Admirar algo no es declararlo superior en todo.
El otro lado: Japón tampoco es tan limpio como parece
Si me hubiera quedado solo con las fotos del Mundial, habría escrito un artículo mentiroso. Porque la realidad es que no todos los japoneses son limpios, y hay lugares donde la suciedad se nota cada vez más, sobre todo en los eventos masivos.
El ejemplo más cruel es de mi propio año de partida. En 2014, mientras el mundo aplaudía a los hinchas japoneses en Brasil, en octubre de ese mismo año el barrio de Shibuya, en Tokio, amaneció convertido en un basural después de Halloween: montañas de botellas, bolsas, restos de comida y hasta disfraces tirados en plena calle por miles de personas que celebraron sin la menor intención de recoger nada. La misma sociedad, el mismo año, los dos extremos.

Y no fue un episodio aislado. La cosa ha empeorado con los años. En Shibuya la cantidad de basura en la calle más que se duplicó en pocos años, al punto que las autoridades terminaron prohibiendo el consumo de alcohol en la vía pública, llegaron a suspender las celebraciones de Halloween y de Año Nuevo, y desde 2026 aplican multas en el acto a quien bote basura y obligan a los locales a instalar basureros. Las playas japonesas, fuera de las postales, también amanecen sucias más seguido de lo que uno imaginaría. Hay incluso un colectivo, los Gomihiroi Samurai (”samuráis recogedores de basura”), que salen disfrazados a limpiar las calles después de las fiestas; uno de ellos lo dijo sin anestesia: la fama de país limpio que tiene Japón es solo verdad a medias.
Lo interesante —y aquí está, creo, el verdadero punto— es por qué falla justo ahí. Falla en los eventos anónimos, multitudinarios y desordenados, donde nadie siente que el lugar es suyo y nadie sabe a quién le toca limpiar. Exactamente lo contrario de la selección en su vestuario, o del colegio con su turno de aseo asignado. Cuando la responsabilidad se diluye en la masa, hasta los japoneses dejan la basura tirada. Y eso, lejos de desmentir todo lo anterior, lo confirma: la limpieza nunca fue magia ni genética. Es lo que pasa cuando alguien siente que el lugar también es suyo, y lo que deja de pasar cuando nadie lo siente.
También vale la pena mencionar la divertida foto que se burla de las pancartas japonesas que piden a los extranjeros comportarse bien en Japón. Ahora les ha llegado el turno: la crítica apunta a que los japoneses exigen esto fuera, pero no lo cumplen en casa. Y es totalmente cierto. Se podría decir que la mayoría de los hombres japoneses tiende a cuidar más lo que se ve hacia afuera, dejando lo doméstico en segundo plano y descargando el trabajo duro del hogar en su esposa o pareja. Eso sí, esto va cambiando con las generaciones más jóvenes, que dedican cada vez más tiempo a las tareas del hogar y limpian juntos.

Doce años después, como papá en Chile
Cuando escribí el artículo original cerré con un deseo: que algún día los colegios latinoamericanos enseñaran a sus alumnos a limpiar sus salas, y que los padres estuvieran de acuerdo.
Hoy soy uno de esos padres. Mis tres hijos crecieron entre lo chileno, lo japonés y lo paraguayo, con una mamá nikkei y un papá medio japonés medio chileno. En casa mantuvimos los zapatos en la entrada y la idea de que lo que uno ocupa, uno lo deja como lo encontró. No porque seamos especiales, sino porque es una manera tranquila de vivir: cuando el orden depende de mí, recojo la basura que no es mía sin que me pese.
No sé si algún día Chile —o Latinoamérica— adoptará la limpieza escolar como norma. Pero ya no lo veo como un sueño imposible ni como algo “japonés”. Lo veo como lo que es: una costumbre que se aprende, una decisión diaria, un pájaro que se va sin enturbiar el agua.
Y no hace falta esperar a Japón: en Chile ya está pasando
Cuando escribí el artículo original, hablaba de la limpieza japonesa como un ejemplo lejano. Hoy no tengo que mirar tan lejos, porque acá en Chile hay gente haciendo exactamente esto, con sus propias manos y sin esperar a que nadie se los ordene.
Está SuperBee, la ONG que nació en Concón de la mano de Ignacio Santelices —que, dato curioso, también viene del mundo de la minería, como yo— y que se propuso algo tan ambicioso como simple: convertir a Chile en el país más limpio del mundo. De ahí salió el #DesafíoLimpiemosChile, una convocatoria ciudadana que cada año junta a miles de voluntarios para limpiar ríos, playas y espacios naturales de norte a sur, y que ya se replica incluso fuera del país. No es el Estado, no es una empresa: son vecinos con bolsas y guantes recogiendo la basura que otros dejaron, sin preguntar de quién es la culpa. La misma filosofía del tatsu tori ato wo nigosazu, pero en versión chilena.
Y hay iniciativas más pequeñas y cotidianas, como Tu Camino Limpio, que recogen esa misma idea de hacerse cargo del lugar por donde uno pasa. Movimientos así son la prueba de que esto no es un rasgo genético de los japoneses: es una decisión que cualquiera puede tomar, y que en Chile cada vez más personas están tomando.
Si algo de este artículo te quedó dando vueltas, el paso siguiente no es admirar a Japón desde la distancia. Es buscar una de estas convocatorias —seguir a @superbee.cl, sumarte al próximo #DesafíoLimpiemosChile— y aparecer un sábado con una bolsa. Ahí se entiende todo mucho mejor que leyéndolo.
Y si después de este Mundial alguien se queda mirando las gradas vacías y limpias, y se pregunta “¿por qué lo hacen?”, espero que esta vez la respuesta no sea solo “es su cultura”, sino algo un poco más útil: porque alguien, alguna vez, les enseñó que el lugar también es suyo.
About the author / 作者について
Chileno-Japonés trabajando siempre en acercar más Japón a Latinoamérica y viceversa. 南米と日本を繋ぐ仕事をしています。

