Lo que mi madre vivió en El Salvador y una bebida japonesa llamada Calpis

Ayer fue el Día de la Madre.
Lo celebramos en familia: mi hermano, yo, y ella en el centro de todo. Faltó mi hermana, que mandó saludos desde Japón.
Este año me quedé pensando en una historia que pocas veces cuento fuera de casa. Una que ella vivió antes de que yo naciera, en un país en guerra, en una tarde cualquiera que de repente dejó de serlo.
Mi madre es chilena. Mi padre, japonés. Y parte de su historia empieza en El Salvador, a principios de los años 80, en plena guerra civil, cuando una joven recién casada volvió a casa con las bolsas del supermercado y encontró tres guerrilleros armados sentados en su sofá.
Lo que pasó esa tarde terminó siendo una historia sobre hospitalidad, sobre el miedo que se convierte en conversación, y sobre cómo dos mundos completamente distintos pueden encontrarse en un vaso de Calpis — una bebida japonesa — diluido en agua.
Mi padre escribió este testimonio, inspirado en lo que le contó mi madre, para un libro publicado por la empresa japonesa Calpis — una recopilación de historias reales de personas cuyas vidas fueron tocadas, de maneras inesperadas, por esa bebida. El libro existe solo en japonés. Hoy, por primera vez, se los presento en español.
Tres guerrilleros y un vaso de Calpis
Junio de 1980. Vivíamos en un país de Centroamérica, ese tipo de lugar donde el calor de la tarde no pide permiso y el aire quieto de la estación seca lleva semanas sin ceder ni una gota de lluvia. Yo soy chilena, recién casada con un japonés que trabajaba como representante comercial en San Salvador. Nuestra casa se levantaba en un barrio residencial de lujo, a los pies de un volcán que dominaba las afueras de la capital como un centinela silencioso. Mi marido estaba de viaje en el país vecino, negociando una compra de algodón. Yo había salido a hacer unas compras. Nada fuera de lo ordinario. O eso creía.
Al volver a casa, los encontré sentados en el sofá del salón de entrada.
Tres jóvenes desconocidos. Cuando me vieron, se pusieron de pie de un salto y me saludaron con una torpeza que, en otras circunstancias, habría resultado casi enternecedora. Pero en ese momento, lo único que sentí fue cómo las rodillas comenzaban a temblarme. En ese país, la inseguridad era moneda corriente. Incluso en los barrios más exclusivos, no era raro despertar de madrugada con el tableteo monótono de una ametralladora a lo lejos. Dejar entrar a desconocidos en casa equivalía, sin exageración, a abrir la puerta a los ladrones.
—¡Dinora! —llamé a la empleada doméstica. Mi propia voz me sonó ridícula, demasiado aguda, delatando el miedo que intentaba disimular.
Dinora apareció cargando una bandeja con cuatro vasos: uno contenía un líquido blanquecino, los otros una botella de cristal color ámbar oscuro. La arrastré hacia un rincón donde no pudieran escucharnos.
—¿Quiénes son esos? ¿Cuántas veces te he dicho que no dejes entrar a extraños?
Tenía dieciséis años y estaba a punto de llorar.
—Son guerrilleros, señorita… Son del FPL. La organización más fuerte del país. Me pidieron un vaso de agua fría, que venían muy cansados… me dio tanta lástima… Y pensé en servirles la bebida japonesa del señor, la que diluye con agua… Abrí la botella de Calpis sin permiso… Debí haberles dado solo agua mineral, lo sé…
Calpis. Mi marido la cuidaba como si fuera un tesoro. Era una bebida láctea japonesa que llegaba por correo aéreo desde Tokio —el envío marítimo era demasiado arriesgado, porque los paquetes desaparecían con frecuencia— y que él bebía con una devoción casi ceremonial en los días de más calor. Yo jamás la había probado. Tenía la costumbre de desconfiar de los sabores desconocidos, y nunca había sentido suficiente curiosidad como para pedirle un sorbo.
Respiré hondo. Ya estaba hecho. Me armé de calma, o al menos de su apariencia, y entré al salón a saludarlos.
El que parecía ser el líder —delgado, con una seriedad que le añadía años al rostro— se disculpó con una cortesía que no esperaba. Dinora sirvió el Calpis. Los tres tomaron los vasos con algo parecido a la reverencia, como quien recibe algo precioso sin merecerlo.
—¿Qué es esto? —preguntó uno, mirando fijamente el líquido blanco y opaco.
—Una bebida japonesa. Muy rica —respondí, con la convicción de alguien que miente piadosamente.
Lo que siguió me desconcertó. Los tres bebieron el primer sorbo con precaución, como si temieran quemarse con algo frío. Luego, en cuestión de segundos, los vasos quedaron vacíos entre sorbos ansiosos y ruidosos.
—¡Delicioso! ¡Delicioso!
Pidieron más, con esa timidez particular de quien sabe que está abusando de la hospitalidad pero no puede contenerse. Dinora repitió la operación: vertió el concentrado blanco, añadió agua. Uno de ellos la observó con curiosidad.
—Está muy concentrado —dijo, y ella diluyó un poco más.
—Se parece a la horchata —comentó otro, saboreando despacio.
—No —corrigió un tercero—. La horchata solo es dulce. Esta tiene algo ácido. Por eso está mejor.
Yo los escuchaba y pensé, casi sin querer: si está mejor que la horchata, quizás debería probarla algún día.

Sin que yo pudiera explicar exactamente cómo ni cuándo, la tensión fue disolviéndose en el aire caliente del salón, igual que el concentrado de Calpis en el agua. Empezamos a hablar. Pregunté si habían estado en España. Dos de ellos dijeron que sí: uno había estudiado un año en la Universidad de Navarra, otro había vivido en Madrid. Me sorprendió tanto que no pude callármelo.
—¿Cómo alguien que ha estudiado en Europa termina en la guerrilla?
El líder sonrió. No era una sonrisa cínica, sino más bien la de alguien acostumbrado a esa pregunta.
—El Che Guevara era médico. Castro era hijo de un terrateniente. Entre nosotros hay hijos de familias adineradas y también jornaleros. Lo que nos une no es el origen, sino lo que vemos.
Estuvimos cerca de dos horas conversando. Hablamos de España, de Japón, de América Latina, de cosas que ya no recuerdo con precisión pero que en ese momento se sintieron verdaderas y urgentes. Tres jóvenes armados que, sin los fusiles cortos de plomo que colgaban a sus costados, habrían parecido simplemente eso: jóvenes. Con sueños confusos y convicciones demasiado grandes para sus cuerpos.
Cuando se fueron, cada uno repitió su agradecimiento varias veces, con una insistencia que parecía genuina. Agradecían el Calpis. Agradecían, creo, que una mujer que había tenido todo el derecho de echarlos a gritos hubiera optado por escucharlos.
La empleada de más confianza, Anita, llegó poco después. Le conté lo sucedido esperando una reacción de espanto.
—Ah, eso es normal por aquí, señora —dijo, con una tranquilidad que me dejó sin palabras—. Los guerrilleros pasan por las casas de los barrios cercanos al volcán a pedir comida o agua. No son peligrosos cuando vienen así. Los que hay que temer son los militares regulares: esos sí se ponen violentos. Con los guerrilleros, lo mejor es recibirlos bien y dejarlos ir.
Dormí más tranquila esa noche.
Pero al día siguiente, mientras esperaba el regreso de mi marido de su viaje, me debatía con un problema de proporciones considerables: ¿cómo explicarle que su botella de Calpis —esa reliquia enviada por avión desde el otro lado del mundo, guardada con el celo de un coleccionista— había sido consumida en su totalidad por tres guerrilleros centroamericanos que, por cierto, la habían encontrado superior a la horchata?
Busqué las palabras durante horas. No las encontré. Pero sí encontré algo más: la certeza de que hay bebidas que, sin proponérselo, tienden puentes entre mundos que no tendrían por qué tocarse jamás. Y que a veces, en medio del miedo, lo más humano que uno puede hacer es servir un vaso.
Adaptado del libro «Las historias inolvidables de Calpis — Dramas de vida que reflejan una época / カルピスの忘れられない、いい話カルピスの忘れられない、いい話 時代を映した感動の人生ドラマ», editado por Calpis Co., Ltd.
About the author / 作者について
Chileno-Japonés trabajando siempre en acercar más Japón a Latinoamérica y viceversa. 南米と日本を繋ぐ仕事をしています。
